Racing y Avellaneda, un solo corazón para Maschio

Racing y Avellaneda, un solo corazón para Maschio

Cuando una joven promesa emigra hacia el exterior, busca progresar y crecer lo más alto posible en el mundo del fútbol, para de esa manera llegar a un reconocimiento que lo deposite en la historia del deporte. El club que les dio de comer, espera que un futuro no muy lejano, ese jugador regrese para que triunfe nuevamente en el lugar que dieron sus primeros pasos. 

Colaboración de Mateo Mastroianni para El Clásico

Los hinchas y fanáticos de una institución, sueñan constantemente con esas declaraciones que ilusionan un retorno instantáneo de ese futbolista y disfrutarlo en sus últimos años de carrera. Los días del calendario pasan y son tachados uno a uno, esperando ese regreso. Hay claros ejemplos que dieron su palabra y en los últimos años la cumplieron: Juan Sebastián Verón, Fernando Cavenagi, Carlos Tevez, Maximiliano Rodríguez, Diego Milito, Leandro Romagnoli, entre otros.

Sin embargo, hace mucho tiempo atrás, también se produjo una vuelta que había sido anunciada: un 10 de abril de 1966, regresaba a Racing Club un hijo pródigo de la casa, Humberto Dionisio el “Bocha” Maschio. Luego de haber estado nueve años en el fútbol europeo, volvió para ponerse la casaca racinguista en el triunfo 1-0 ante Chacarita Juniors (gol de Juan José “Yaya” Rodríguez), por la sexta fecha del Campeonato 66’.  Nacido en Avellaneda, un 10 de febrero de 1933, fue uno de los mejores jugadores de todos los tiempos de la “Acadé”, un verdadero ícono de la institución que lo vio nacer y un baluarte del gran fútbol que desplegó aquel épico “Equipo de José”.

Su apodo “Bocha”, se debió a los reiterados cortes de pelo que su madre le hacía para que le creciera más fuerte en el futuro. Se crió durante la infancia en la zona que sería feliz toda su vida, abrazándose muy fuerte a su pasión y dominando a cada rato una pelota. Ese ritual, se lo contagió su papá, un ex jugador de la Intermedia de River Plate con pasado en Italia. De chico lo llevaban a la vieja cancha de madera, en la que Racing había sido heptacampeón del fútbol nacional en el amateurismo, es por eso que su sangre tiene teñida los colores racinguistas desde que era tan sólo un niño.  Sus inicios en el deporte fueron cuando se formó en el extinto Arsenal de Llavallol, donde jugó la temporada 1952 de la Tercera de Ascenso y al año siguiente pasó a Quilmes, club en el que marcó 24 tantos en apenas 30 partidos de la Segunda División. A partir de allí, dio el salto para jugar en el club de sus amores: Racing.

Su debut lo hizo con 21 años, cuando su director técnico era Guillermo Stábile.  Se dio un 30 de mayo de 1954 por la fecha 8º ante el “Funebrero” como local en el Cilindro, en un encuentro que culminó con goleada 4-0. En esa temporada, los resultados no fueron los imaginados por el club, incluso terminaron a mitad de tabla, pero se notaba que había jóvenes comprometidos con la camiseta como Maschio que con los años darían mucho que hablar.  El “Bocha”, que todavía tenía una particular cabellera, era delantero y convertía muchos goles. En su segundo año, llegó a un subcampeonato y fue el máximo anotador del torneo con 18 tantos, paralelamente a eso, integró por primera vez la Selección Nacional, en un Torneo Panamericano que el combinado argentino lo ganó.

En 1957, fue una de las piezas determinantes para las mejores delanteras que el conjunto albiceleste tuvo en sus filas en aquellos tiempos. La gloria la alcanzaron tras ganarle el choque decisivo a Brasil en Perú, por el Campeonato Sudamericano de Selecciones. Junto con él, fueron otros cuatro jugadores de la Academia; el arquero Rogelio Domínguez, los defensores Juan Carlos Giménez y Pedro Dellacha y el punta Omar Oreste Corbatta.  El entrenador Stábile, compuso una delantera letal que el periodismo y todos los medios de comunicación bautizaron como “Los Carasucias”, la cual estaba integrada por Antonio Angelillo, Osvaldo Cruz, Omar Sívori, Corbatta y el propio Maschio. Para la Argentina, jugó 12 encuentros y anotó 12 goles. Posterior a alcanzar esa magnífica hazaña, Humberto fue vendido por la sorprendente cifra de 20 millones de dólares al calcio italiano; fue de esta manera que partió al país de sus ancestros y defendió el escudo de cuatro escuadras.

Primero permaneció dos años en el Bologna, en el 59’ emigró al Atalanta, plantilla en la cual residió hasta el 62’, teniendo su paso más recordado en el país tano, porque durante el centenario de la institución, fue declarado como el mejor mediocampista de la historia de esa institución. Más tarde recaló en el Inter de Milán donde estuvo tan sólo una temporada, y por último, se quedó desde el 63 hasta el 66’ en la Fiorentina.

En medio de toda esa travesía italiana vivida, disputó su única Copa del Mundo, no obstante, no fue para la Selección Argentina. El entrenador de la albiceleste, que en ese tiempo era Juan Carlos “Toto” Lorenzo, no lo quería en la lista de buena fe y desistió de su convocatoria para el Mundial de Chile 1962.  Pero no todo fue color de negro, porque al seleccionado italiano se le había lesionado llamativamente el futbolista Bomperti y aceleradamente llamaron a Maschio.

Obtuvo su primer Scudetto en 1964 en el Internazionale dirigido por el técnico argentino Helenio Herrera, mientras que su segundo trofeo fue la Copa Italia 65/66 en la Cigliati ACF Fiorentina. Antes de llegar a concretar una década entera como jugador en Italia, recibió un llamado de su ex compañero Juan José Pizzuti para que vuelva a su tierra a jugar en su equipo, el cual estaba en construcción debido a que apenas había llegado a dirigirlo. El “Bocha” no lo dudó ni un segundo y quiso volver instantáneamente, pero eso trajo consigo fuertes discusiones con el presidente por un asunto salarial que hizo demorar el pase, a fin de cuentas, pudo resolverlo y volvió.

Ya instalado en la institución de Avellaneda, todos sabían incluso Maschio, que ya no era ese pibe tierno que la había roto en el Seleccionado Mayor y había sido el “pichichi” en una competencia: su transformación en el campo de juego, lo hizo alguien más maduro, con experiencia y ordenando, ya que tenía 33 años e inevitablemente su forma de desenvolverse en la cancha había evolucionado. “Cuando me fui de acá, era un delantero goleador, buen definidor y mi puesto era el de número nueve, pero cuando llegó Saúl Ongaro, que era la época en que jugaba Angelillo, me pasaron de ocho y Angelillo fue de centrodelantero. Cuando viaje a Europa sentí un gran cambio, entonces me hice un jugador más completo”, declaró en ese entonces Maschio.

La Academia estaba en franca recuperación tras una floja campaña y el responsable de levantar el ánimo y los resultados deportivos debía ser Pizzuti.  Por dicho motivo, estaba buscando de un jugador que le hiciera de intérprete suyo dentro del verde césped y Maschio era ideal. Así fue cómo llegó el famoso 10 de abril del 66’, se concretaba definitivamente su vuelta a las canchas ante Chaca en lo que sería victoria por 1-0. Muy deprisa se acomodó y fue el líder de un equipo que era puro sacrificio, trabajo y principalmente, fútbol. Fueron cruciales sus apariciones en el “Equipo de José” y hacia fines de ese año, se coronó por primera vez como campeón argentino con la Acadé, en lo que fue previo a llevar a esa cuadrilla a los 39 cotejos invictos, de los cuales Maschio no pudo participar de todos.

Aquel plantel legendario que fue conformado por el arquero Mario Cejas, la muralla defensiva compuesta por los laterales Oscar Martín y Rubén “El Panadero” Díaz, los zagueros centrales Roberto Perfumo y Alfio “Coco” Basile, sumado a la actitud ejemplar de los volantes Juan Carlos “Coco” Rulli y Miguel Mori, hizo representar casi a la perfección para darle el equilibrio justo al ataque del ingenio e inteligencia manejada por el “Bocha”.  El ingreso del experimentado mediapunta, le dio el toque justo que antes no estaba practicado y menos que nunca aceitado. Se empezó a aprovechar y exprimir de otra manera, con el parte de Jaime Donald Martinoli, Juan José “Yaya” Rodríguez y Juan Carlos “Chango” Cárdenas, después estuvieron Norberto Santiago “Torito” Raffo y Joao Cardoso, entre algunos más.  Para 1967 Racing Club participó de la segunda Copa Libertadores de América de su rica historia, cumpliendo con creces las expectativas que pesaban sobre el soberbio manejado por Pizzuti. Este certamen internacional, tuvo la particularidad de que fue la edición más larga de todas habiendo un total 20 encuentros, y por supuesto, la figura estelar de Maschio estuvo más vigente que nunca.

Con todo lo que esto significaba y generaba en los hinchas racinguistas, fue anecdótico la casi tragedia desastrosa del avión en Medellín que trasladaba a todo el plantel celeste y blanco. Esto fue una inyección anímica para toda la Academia, quien desde el primer instante fue en busca de derrotar a uno de los mejores del continente americano. La gloria había llegado: fue el vencedor en un partido desempate contra Nacional de Montevideo, quienes contaban entre sus mejores estrellas a dos que fueron ídolos del equipo argentino; ellos eran, Rubén “El Marqués” Sosa y el arquero Domínguez.  Los de Avellaneda fueron vistosos en el 66’ y pasaron a ser prácticos y contundentes en el 67’, continuaron con ese intachable legado inmediatamente de alzar el máximo torneo continental, se venía el mayor desafío de la historia.  Era el de derrotar al poderoso Celtic escocés, ese que le había sacado de las manos el tricampeonato de Europa al Inter de Helenio Herrera, justamente el ex escuadrón del “Bocha”.

Para algunos será historia más que sabida, para otros no tanto: Racing definió la serie mano a mano con los escoceses a pura garra, alma y corazón, cuando en el tercer choque que se enfrentaron, con un gol enmarcado del “Chango” Cárdenas de afuera del área y al ángulo, le diera el campeonato mundial a los argentinos. La ida en Glasgow había sido 1-0 para el local y en Avellaneda fue 2-1 para los racinguistas, por ende, tuvieron que disputar ese partido decisivo.  Debido a la internación de Miguel Mori por un fuerte y duro cuadro de alergia, Maschio jugó los tres encuentros como un “ocho” definido, que tuvo menos soltura y libertad, de todas maneras, su magia brilló como nunca antes vista.  Fue así como Racing ganó la primera Copa Intercontinental para la República Argentina, y hasta ese momento, fue el máximo palmar que el deporte argentino había obtenido. Maschio, un simpatizante de toda la vida de la Acadé, se dio el gigante lujo de que el olimpo del balompié, sea del cuadro de sus amores y con el detalle de que haya sido su fútbol el que puso a la institución en la cima del planeta.

A la postre, no quedaban muchos desafíos por delante en la carrera profesional de Maschio, ya que logró ganar todo lo que se propuso. A la temporada siguiente del mejor momento de la historia del club, Humberto decidió dar su retiro oficial del fútbol. Y fue con su equipo bien en alto; se les escapó el Campeonato de 1968 ante el Estudiantes de La Plata de Osvaldo Zubeldía, que también lo dejó sin oportunidades de seguir compitiendo en la Libertadores del mismo año. Su balance en Racing, lo terminó disputando 139 partidos y convirtió 44 gritos sagrados.

Desde su finalización como futbolista profesional, rápidamente se dedicó a ser DT. Los inicios de Maschio no fueron los mejores, dirigió cuatro partidos al frente del Seleccionado Nacional. Debido a los desastrosos resultados en los amistosos sumado a su ineficacia e inexperiencia, el entonces presidente de la Nación, Juan Carlos Onganía, intervino para echarlo de la dirección técnica, tomando el mando Adolfo Pedernera. Aunque tampoco pudo hacer mucho y quedó afuera de la clasificación al Mundial de México 1970. Seguidamente, volvió para dirigir fugazmente a la Academia y a la Selección de Costa Rica.  Sus únicos logros como entrenador, los consiguió cuando se cruzó de vereda, precisamente en Independiente, donde hizo debutar a Ricardo Bochini en 1973 y salió campeón de la Copa Libertadores y la Copa Interamericana. El resto de su trayectoria como profesor, no sería tan buena como lo fue en su comienzo: estuvo en Chacarita y Gimnasia y más adelante fue a Gimnasia y Esgrima de Jujuy, donde dejó una base establecida del equipo titular, que dejaría en poder de Hugo “Pajarito” Conde). Todos lo que tuvieron el placer de conocerlo, definieron a Maschio como una persona humilde, dedicada, laboriosa y con una inmensa sabiduría que supo aplicar constantemente.  Aquel Lobo de 1975, fue parte de la autoría de una campaña excepcional en el Torneo Nacional de aquella temporada, en la que Gimnasia terminó cuarto en la tabla de posiciones. Si bien ya tenía sobre sus hombres una recorrida como entrenador, las vueltas del fútbol y de la vida lo hicieron recalar otra vez en el norte del país, es decir, en el Lobo jujeño que tenía la necesidad de volver a la Primera B Nacional.

Gimnasia estaba presidida por el ingeniero Raúl Ulloa y contaba con futbolistas de gran jerarquía como Riquelme, Palma, Guerrero, Lobo, “Popeye” Herrera, Fabián González y otros. Ese plantel tuvo una gran papel hecho, llegando a la final de la zona norte, en la que chocó ante Gimnasia y Tiro de Salta, En una tarde atípica, en el estadio “23 de Agosto” y con la notable contundencia del equipo salteño, fue derrota por 4-2.

El cuadro ganador tuvo un inspirado domingo, en el que Viano, González, Alegre, Amaya, Iturrieta, Castellanos y el portero “Palito” Álvarez, tuvieron papeles descollantes para Gimnasia y Tiro, y de más está que decir, que la tarde fue muy amarga para los jujeños. En la revancha jugada en la vecina provincia, empataron 2-2, clasificando el equipo de Salta a la segunda división del fútbol argentino en aquella temporada. Por consecuencia, el equipo de Maschio, se malogró por esas cosas del deporte, ya que año siguiente lograría dicho objetivo con Salvador Ragusa como DT.

Por otra parte, la lista de clubes que siguió dirigiendo es bastante larga:

Barcelona de Ecuador, Liga de Quito, Blooming de Bolivia, Platense, Unión de Santa Fe, Talleres de Córdoba, Belgrano (también de la ciudad cordobesa), Instituto de Cba, Racing de Cba, y por último, otra vez la Acade en los años 90’, junto a Basile, Miguel Angel Brindisi y Gustavo Costas en tiempos de quiebra, donde ambos hicieron una dupla técnica entre 1999 y el 2000.  El “Bocha” Maschio puso la cara y el pecho en trayectos tan gloriosos como difíciles en la historia de Racing Club. Apareció en el momento exacto de una época sublime, la rompió y se perfeccionó como futbolista en el continente europeo. De lo que fue una promesa en los 50’, fue una realidad en los 60’. Es que le dio a la institución racinguista, los torneos más importantes que se puedan obtener.

Humberto Dionisio el “Bocha” Maschio, fue el que puso todo su empeño cuando Racing Club de Avellaneda entró en quiebra, y junto a Costas, se hicieron cargo del primer equipo, con el interesante dato de color que fue él quien hizo subir a Primera a Diego Alberto Milito, el único gran ídolo de la institución racinguista parecido a Maschio. Sin lugar a dudas, a 54 años de uno de los regresos más importantes de un jugador a un club en el fútbol nacional, se lo recuerda siempre por ser un auténtico baluarte del club, un símbolo y una gloria que la gente de Racing nunca olvidará, por el sentido de pertenencia que generó a través de las futuras generaciones.

 

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